Rodolfo Walsh, el historiador de nuestro presente y la belleza de la verdad
Por Francisco Romero
En Cinco dificultades para escribir la verdad, Bertolt Brecht sostiene que para hallar y transmitir la verdad: “Hay que tener el valor de escribirla, la perspicacia de descubrirla, el arte de hacerla manejable, la inteligencia de saber elegir a los destinatarios. Y sobre todo la astucia de saber difundirla”. Nada mejor que esas tesis para definir las marcas que Rodolfo Walsh nos deja en la historia argentina.
1. La literatura es un avance laborioso a través de la propia estupidez
“Operación Masacre cambió mi vida”, escribe Rodolfo Walsh, en 1964 en “El violento oficio del escritor”. “Haciéndola comprendí que además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior.”
¿Cuál era el mundo de sus perplejidades íntimas? El de un joven de la clase media antiperonista, el del ajedrez, el de la literatura como bello y perfecto artificio, el de sus cuentos del policial de enigma y la literatura fantástica que lee. Desde esa concepción de literatura se construían las interpretaciones de lo real de la “alta cultura”, de la burguesía ilustrada, de la cual la revista “Sur” era su faro. Desde esos modelos la violencia siempre viene de afuera y abajo hacia el centro social. Desde la mirada de esa clase escribirá su primer texto periodístico en 1955: “2-0.12 No vuelve”, en homenaje a un aviador de la Marina que murió durante el golpe cívico militar que derrocó a Perón.
Hasta que “el amenazante mundo exterior” irrumpe por la ventana de un café. Está en La Plata, juega ajedrez y desde la calle le llega el sonido de los disparos. Es Junio del ’56. Es la frustrada revolución de Valle. Llevado por la curiosidad se aleja de lo seguro y conocido. Llega con dificultad hasta su casa. Está ocupada por militares. Se refugia en una habitación y pegado a la persiana, escucha morir a un conscripto.
Seis meses después, en el mismo café, alguien le dice “hay un fusilado que vive”. Habla con ese hombre, Livraga, mira un agujero en su mejilla y otro en la garganta, escucha su tragedia. La cree de inmediato. Eso escribe Walsh en el prólogo de 1964, en el que da cuenta del arduo proceso de reconstrucción de los fusilamientos de José León Suárez y de escritura del libro que desoculta los crímenes del estado terrorista.
Operación Masacre reinstala en la literatura argentina la narrativa de no ficción, cuyo origen es el “Facundo” (1845) de Sarmiento y “La vida del Chacho” (1864) de José Hernández, del que Walsh mantiene el tono de denuncia contra el crimen estatal. Dialoga con el texto de Sarmiento, mezcla los géneros, combina los recursos del periodismo con los del relato policial, el ensayo, el folletín, la autobiografía, la biografía, y produce desde dicha mixtura una inversión del sentido del fundacional y persistente antagonismo cultural civilización o barbarie (mundo letrado versus campo popular). Reescribe el “Facundo” desde otro lugar, porque se interna en los territorios del campo popular. Ve allí en los cuerpos sobrevivientes y escucha en sus voces, las marcas de la violencia de la “ilustrada Libertadora”. Y elige escribir desde el campo popular, asumir sus luchas, poner el cuerpo.
Rodolfo Walsh escribió que “la literatura es un avance laborioso a través de la propia estupidez”. Hablaba de un despertar ideológico, el que les permitió descubrir a los jóvenes del 55 su rol como brigada de choque ilustrada contra el peronismo y la clase obrera. No se hace peronista pero ya sabe quién es el enemigo y cómo actúa.
Su credo estético y ético está expresado en la búsqueda de “la belleza de la verdad”. Para lograrla, cruzó los límites que le imponían los géneros y las divisiones entre la “alta” y la “baja” cultura”, cuyas categorías contribuyó a poner definitivamente en crisis. Por eso escribe que “el testimonio y la denuncia son categorías artísticas por lo menos equivalentes y merecedoras de los mismos trabajos y esfuerzos que se le dedican a la ficción”. Su resultado: una escritura que es una combinación de los géneros y registros del periodismo para abordar con rigor los hechos de la realidad presente, con los tonos y estrategias de la ficción, para introducir a los lectores en los climas que las personas respiran con dificultad en las tramas de lo real.
2. La poética de la elipsis y la emergencia del otro:
Walsh quiere ser sobre todo escritor. Pero los vientos de la historia lo van llevando hacia otros ámbitos y territorios. Corre el año 61 y está de vuelta de Cuba, vio el nacimiento de la revolución, ayudó a fundar la Agencia de Noticias “Prensa Latina”. Se descubrió como criptógrafo y consiguió descifrar los télex cursados entre Guatemala y EEUU con los preparativos de invasión de la isla. La anticipó y ayudó a derrotarla.
De regreso, empieza a escribir sus cuentos memorables.En esos textos emerge el mundo del otro, el de los que no tenían voz en la literatura nacional. Pero para Walsh la ficción es el arte de la elipsis, lo más importante no se dice, sólo se sugiere o alude. Como en Esa mujer. La figura de Evita campea en todo el texto pero no a va a ser nombrada ni una sola vez. No hace falta. La sombra de su cadáver vejado y mutilado, secuestrado y desaparecido por décadas impregna toda la atmósfera del cuento.
3. ¿Cómo buscar y difundir la belleza de la verdad?
Entre 1966 y 1967 Walsh recorre con el fotógrafo Pablo Alonso, los lugares más alejados de los centros de noticias. Escribe una serie de artículos para la revista Panorama. De esa experiencia surgirán sus notas más brillantes. “La isla de los resucitados” (la Isla del Cerrito en tiempo del leprosario), “Viaje al fondo de los fantasmas” (se interna en los esteros del Iberá, acompañado por nuestro querido Peco Tissembaun), “El país de Quiroga” y “Las ciudades fantasmas”.
Su escritura es en estos textos un montaje de voces hasta ese entonces sin voz en el periodismo. Se publican con bellas lujosas fotos en colores. Pero esas oralidades condenadas por el discurso del poder y sus aparatos de comunicación, le estaban reclamando ya otros destinatarios, otros medios y espacios sociales de circulación.
“Un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante, y el que comprendiendo no actúa, tendrá un lugar en la antología del llanto, no en la historia viva de su tierra”. Eso escribe Walsh en la Proclama de la C.G.T de los Argentinos, el 1 de mayo de 1968. Se acerca al mundo obrero y entre 1968 y 1969 dirige el “Semanario CGT”, periódico del sindicalismo combativo que se enfrentó con el vandorismo y la dictadura de Onganía.
En 1973 se incorpora a Montoneros y organiza distintas experiencias de prensa popular, como el perdido “Semanario villero” y el diario “Noticias”.
4. Derrote al terror, haga circular esta información
Luego de la muerte de Perón, aparece la Triple A. La derechización del gobierno es total. Montoneros pasa a la clandestinidad y ya en el 75 Walsh le advierte a su conducción que el golpe que ve venir no es como los anteriores, porque busca una “solución final”. No es escuchado. Llega el 24 de marzo y meses después, la muerte en combate de su hija Vicky. Entonces Walsh, escribe Daniel Link, “inventa la nueva institución periodística: se trata de una máquina de escribir, pero convertida en máquina de guerra”. Escribe “desde la clandestinidad y el nomadismo” para “un público que se imagina no como mero consumidor de información sino como parte integrante del sistema de distribución alternativa de la noticia”. Ese papel cumplen sus dos creaciones, la Agencia Clandestina de Noticias (ANCLA) y Cadena Informativa.Sus partes terminaban diciendo “El Terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. DERROTE AL TERROR HAGA CIRCULAR ESTA INFORMACIÓN.”
Desde el 76 disiente en forma reiterada con la conducción de Montoneros. Les envía documentos en los que cuestiona tanto su caracterización de la etapa como su estrategia frente a un enemigo demasiado poderoso. Le ofrecen exiliarse para preservarlo. Rechaza esa posibilidad. Sostiene que quiere acompañar el repliegue de su pueblo. Compra una casa en San Vicente y vive allí con Lilia Ferreyra. Planea su acción política como una producción totalizadora que abarca la denuncia, el testimonio, el análisis político e histórico y el relato literario. Imagina una serie de “Cartas Abiertas” y decide firmarlas personalmente, como el escritor y militante político que es.
El 24 de marzo de 1977 termina de escribir la “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar” y el cuento “Juan se iba por el río”. Es asesinado el 25 de marzo, al enfrentarse con un grupo operativo de la ESMA que intentó secuestrarlo. Va a cubrir una cita cantada. Va a socorrer a la viuda de un compañero de su hija Vicky. Está decidido a no entregarse vivo. Su cuerpo está desaparecido desde esa fecha.
Nadie como Walsh describió mejor qué fue la última dictadura cívico militar, y cuáles serían sus consecuencias. Porque en esa carta nos presenta a “la miseria planificada” no sólo como “la peor violación a los derechos humanos”, sino sobre todo, como el objetivo central buscado por los sectores del poder para transformar radicalmente la distribución de la riqueza, los ingresos y el conocimiento en la Argentina. Porque ese proyecto persistió durante la democracia al no modificarse las relaciones de poder, y se profundizó en los 90, cuando se cometió otro genocidio, bajo la dictadura de mercado. Porque entre 1999 y 2003, 101 personas morían por día por flagelos aberrantes de la exclusión social; 36.865 personas al año. Porque ese proyecto todavía está estructuralmente vigente, aunque hoy el neoliberalismo no tenga el consenso de antaño.
Por eso Walsh es hoy, el escritor más actual y el punto político y ético más alto jamás alcanzado por ningún periodista e intelectual argentino. Porque dialoga con nuestro presente, del que es su principal historiador, interpelándonos desde la memoria clausurada, la de la Argentina desaparecida, la de sus sueños inconclusos, la que desnuda qué clase de nación fuimos, en qué –y por qué- nos convirtieron y nos dejemos convertir en no ciudadanos y por qué hoy esas marcas de la bestia aún nos siguen colonizando y empobreciendo todavía las conciencias, la vida y el lenguaje.
Pero Walsh es sobre todo el mejor escritor de la Argentina, porque en medio del reino de la derrota, la tortura y la muerte es capaz de ver lo que vendrá y el poder no podrá impedir: el renacimiento de las nuevas formas de ese batallar interminable desde el cual una parte del pueblo argentino siempre resiste y resistirá.
Treinta y un años después del golpe del 76, la situación hoy no es la misma, es cierto, pero la pobreza y la indigencia no fueron derrotadas y en el Chaco 7 de cada 10 pibes son pobres y 4 de ellos indigentes. Y nuestros pueblos originarios viven en condiciones infrahumanas. Y la justicia de los ojos vendados y la prensa mercenaria adicta, siguen intentando hacer invisible la opresión y el saqueo. Por eso homenajear a Walsh –y en su nombre a nuestros 30 mil desaparecidos y a las víctimas del genocidio de los 90- no es ni debe ser sólo un discurso, sino la puesta en acción de esa conciencia colectiva de la opresión. Ese es el legado que nos deja Walsh en su ejemplar “Carta Abierta”, porque enfrentar y derrotar al proyecto de esa miseria planificada es la madre de todas las batallas políticas y culturales. La única en la que nos va la vida vencer.
No nos olvidemos de Julio Jorge López, pidamos y exijamos su inmediata aparición con vida. Juicio y castigo a los represores ideológicos y materiales de la miseria planificada.
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