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Aquí no podemos hacerlo
Por Fernando Parra.

Poco puede explicarse a alguien que no siente la necesidad de hacerlo. Digo necesidad, no ganas de, ni gusto por hacerlo. Y me refiero a escribir, ese verbo tan amplio que puede significar, al fin y al cabo, cualquier cosa. No voy a llegar aquí a ninguna conclusión sobre cuál es el genuino significado de escribir; acaso podría hacer un intento, pero para ensayos menores sobran autores. Esto pretende ser, simplemente, el relato de un detalle infinitesimal.
Tengo un amigo (mas bien un "conocido", ya que ese mote lo registra mejor por distintas cuestiones) que, aparentemente, siente esa necesidad. Además, claro, le gusta hacerlo, y de vez en cuando también tiene ganas de hacerlo. Pero lo cierto es que necesita escribir, que esa necesidad es en él, a veces, apabullante, y que la iniciativa irracional de hacerlo está aferrada con firmeza a alguna fibra insondable en su interior, según me ha explicado en varias oportunidades. Anda un poco afligido este conocido mío porque ya no tiene tiempo; justo ahora que se concibe más maduro y que, repite en el bar o frente al espejo, tiene cosas más relevantes como para intimar duramente a sus biromes a escupir algo de tinta. En un principio, lo había tomado con calma, pero con el paso de los meses esa pueril sensación de transición se fue convirtiendo en una estabilidad insoportable, tiesa, y ahora le resulta más una condena que una anécdota pasajera. No tiene tiempo y le duele en todo el cuerpo darse cuenta, por las noches, hastiado y rendido, que se ha filtrado otro día entero y que ni siquiera pudo encender la notebook.
El trabajo, esa obligación llena de grises, lamenta mi conocido, implica ahora efectos colaterales antes inimaginables. Vive para trabajar, y no al revés. De cuando en cuando, ese malestar se convierte en micro tragedia: cree sentir (literalmente) que la cabeza se le va durmiendo, que el cerebro apenas le sirve de contrapeso para caminar más o menos erguido al volver de la oficina, que las ideas se le fueron hundiendo en una ciénaga asediada por el ruido de mil colectivos (de los viejos) poniendo primera al unísono.
Aunque no cree en la esperanza, aunque ésta le parezca un concepto absurdo y mediocre, en la intimidad va cayendo despacio en el juego de la espera y cada tanto se convence de que no será un mal día para comenzar una etapa más amena, con más tiempo para escribir. Esta vez, la utopía surge de una fuente inesperada: un poema de Bukowski. Johann Sebastian Bach, escribe el ebrio más lúcido de toda California, tuvo cientos de hijos, durante el día apostaba a los caballos, durante la noche tenía sexo, y por las mañanas se dedicaba a beber: en el medio escribía su música. Eso, parece, es al menos lo que contestó el escritor cuando ella le preguntó: ¿Cuándo escribís? Lo haces mientras matas moscas. Mi conocido respiró, y simuló percibir una idea, ínfima y estéril, despertando en algún rincón.

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Cuna Novena Edición

 

Si algo le faltaba a Milo Lockett para darse por consagrado, era ser tapa de revista Cuna. Pues bien, lo consiguió. En este noveno número de Cuna, que estará este jueves en todos los kioscos de la ciudad, Milo se lleva las mejores páginas. Luciano Acosta, Pablo Black y Mariano Quirós, fueron hasta su casa y tomaron nota de todo lo que Lockett es capaz de decir. Muchísimo. Desde arte a política cultural, desde trabajo hasta vagancia, desde academia hasta la calle, y mucho más. Imperdible.

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