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NOTAS WEB
 

La Generación Encontrada.
Presentación del libro “Cuatro perras noches”
Por Miguel Ángel Molfino

El concepto de generación designa a las personas que por haber nacido en fechas próximas y recibido influjos culturales y sociales semejantes, componen un grupo entusiasmado por intereses comunes. La historia de la literatura está llena de ejemplos, en ese sentido.

Una de las más famosas fue la Generación Perdida, conformada por notables escritores norteamericanos que se autoexiliaron en Europa desde finales de la Primera Guerra Mundial hasta la Gran Depresión de 1929. Hablo de Gertrude Stein, Hemingway, Caldwell, Ring Lardner, Pound, Steimbeck, entre otros. Sé que puede parecer un exceso comparar esos jugadores -¡y qué jugadores!- con un incipiente grupo de jóvenes escritores chaqueños, pero me sirve a los fines de ensayar ante ustedes, cierta opinión que suelo disparar en las discretas mesas de los bares.
Me sirve –primero- porque puedo de este modo justificar el jueguito de palabras que intenta el título de estos párrafos, y segundo, me ayuda a explicarles que, en mi opinión, estamos frente a la primera generación homogénea de escritores que dio la provincia. Todavía en ciernes, es cierto, porque todavía tienen mucho que escribir, acaso mucho que vivir, que leer y explorar. Pido calma y paciencia, no se arrebaten ni traten de lincharme, les ruego que repasemos el concepto de generación y de paso, muy a vuelapluma, los hitos literarios de nuestra provincia.

También les quiero recordar que estas palabras son falibles por tratarse de una opinión, mi intención no es edificar alguna hipótesis y mucho menos, ninguna tesis.
Cuatro perras noches, la antología de cuentos que reúne a los autores Mariano Quirós, Pablo Black y Germán Parmetler, contribuyó a que distinguiera más claramente la cima del iceberg. Es probable que me equivoque y no sería la primera vez. Pero, hoy tengo ganas de decirlo. Y más adelante, llegaré a ese punto, digo, a ese asunto del iceberg.
Desde los primeros textos de ficción originados en el Chaco se dio el fenómeno de que los escritores no eran más que islas creativas, narradores de fuste que escribían pero que no se inscribían en el concepto nato de generación del que ya hablamos. Y hablo de estupendos narradores como don Horacio Riveros Sosa, Pérez Chávez, José Chudnovsky, Enrique Gamarra, Moisés Glombosky, por mencionar  algunos. Quiero decir que sus obras eran escritas en sus particulares soledades estéticas y tal vez, el único vínculo que los unía era el paisaje y los personajes chaqueños. Deseo ser muy pero muy claro, mis palabras sólo se refieren a que, en diferentes épocas y con diversas estéticas, escribieron la etapa pionera de nuestra literatura y para ser más contundente, la fundaron. Pero, según aprecio, no llegaron a constituir una generación.
Mempo Giardinelli, Eduardo Fracchia y yo, por formación literaria, lecturas comunes e intereses estéticos o intelectuales que podrían definirse como de grupo, estuvimos más cerca del concepto de generación pero, como todos sabemos, tres no alcanzan para ser generación.
Ustedes se dirán ¿para qué coños sirve identificar una generación como tal?
La respuesta es simple: sería un dato que nos revelaría que hallamos ante una cantera de talentos que irrumpe en este determinado momento para acrecentar numerosamente la ya rica trayectoria de la literatura local.
Cuatro perras noches es un emergente de ese fenómeno.
Si bien el libro sólo envasa cuentos de tres exponentes de esta protogeneración, Pablo Black, Mariano Quirós y German Parmetler, podría añadir otros noveles escribidores como Alfredo Germignani, Mario Caparra, entre otros narradores, como así también poetas que vienen a tributar al mismo río generacional, hablo de Lucas Britos Sánchez, Lucas Ameri, Claudia Massin, etc., y con este etcétera pido disculpas por omisiones debidas a ignorancias personales o a que aún no tengo un mapa más completo de esta nueva fuerza literaria.
La revista Cuna y el Taller Ananga Ranga son el epicentro de estos denuedos.
Como si todo fuera poco, otros jóvenes escritores (siempre en ciernes) encabezados por Alejandro Smith se lanzaron a la heroica aventura de crear un sello editorial, Cospel, tarea nada fácil y encaminada a servir de cauce a los torrentes textuales de los nuevos.
Lo provisorio posee el encanto de lo inacabado y por lo tanto, abre los senderos siempre inesperados de lo perfectible. Pero también, lo provisorio pertenece al mundo de la inminencia y como estamos hablando de literatura, la revelación de esta inminencia llegará una vez que estos noveles escritores hayan gastado sillas, dedos y computadoras tras los pasos de la madurez creativa.
Dejo, por ahora, el tema generacional para abordar la breve antología que tengo la alegría de presentar.
Alegría porque los tres autores son mis amigos, detalle que no interviene, en absoluto, en mis opiniones. Alegría porque publican, y editar es matar la incertidumbre y exponerse a la vindicta pública. Aquí se aplica aquello de que “en la cancha se ven los pingos”.
Black, Quirós y Parmetler tienen como gluon –esa especie de pegamento cuántico que sirve para unir las partículas elementales de la materia- una enorme competencia como lectores y no por casualidad, acuden a una común fuente de autores. La narrativa norteamericana, ciertos escritores argentinos y el malogrado dios chileno, Roberto Bolaños, son algunas de sus referencias más visibles.
No escriben sobre el Chaco, escriben en el Chaco, digo que no necesitan echar mano a ninguna teluria y sin embargo, el resultado es una buena muestra de literatura chaqueña.
No por casualidad, sus estilos, que mejor podría expresarse “el cómo escriben”, exhibe una similitud discursiva pero dueña de particularidades significativas. Me refiero a la textura adolescente del tratamiento de las respectivas tramas: personajes que parecen debutar en la angustia, en los dolorosos misterios del amor, en la incertidumbre, en la ardua comprensión del mundo; personajes casi niños que pretenden redimir los hechos perturbadores de la realidad desde una adultez imposible. No me fue difícil recordar a J.D. Salinger de El Guardián en el Centeno o Levantad, carpinteros, la viga del tejado, extraordinarias excursiones hacia la sorpresiva adolescencia.
En “Jean-Jaques Herré”, el relato de Pablo Black, la historia gira en torno al deslumbramiento del protagonista ante un francés extravagante que recaló en estas tierras y en su vida. Es el descubrimiento del primer héroe de su vida. La sola lectura lineal de este texto alcanzaría para calificarlo como un cuento muy bien escrito: prosa limpia que se desliza renglón tras renglón con madura destreza. Pero, lo interesante es que se puede distinguir otro texto sobre aquel: es el discurso irónico de la parodia que remite a tantas historias iniciáticas. Hergé se erige como el padre y paradigma de la educación sentimental-aventurera del protagonista. Es el Indiana Jones de su imaginario. El final del cuento, desde el más exigente punto de vista literario, es notable.
Como comienzo del libro, es alentador. Dan ganas de seguir avanzando, para leer qué nos trae Mariano Quirós.
“Contigo dos vidas” es el título.
De Mariano he leído una serie de relatos muy interesante. Un corpus textual coherente, unido por un personaje encantador y divertido. “Contigo dos vidas” forma parte de esa colección.
Aquí vuelvo sobre Salinger: Mariano Quirós acaso sea el autor de este libro que más me lo recuerda. También vuelvo a Roberto Bolaño, su fantasma recorre los párrafos como el espectro del padre de Hamlet en las vastas explanadas de Elsinore.
Mariano no tiene el menor empacho en construir un anti héroe tropezante, inseguro y no obstante, inclaudicable en sus propósitos; es esa clase de personas que, a pesar de caer permanentemente en el peor de los ridículos, es capaz de arrancarnos carcajadas y una enorme ternura. Algo que nos ocurre con los personajes de Woody Allen.
“Contigo dos vidas” es un texto escrito sobre otro texto puesto que se trata de un cuento que cuenta una película. El protagonista, junto a su infaltable novia Mara, se encuentra en un bar con Jimy, y por esas derivaciones de las charlas acodadas en una barra y entre tragos, se largan a recordar una película. La reproducción oral, escena tras escena, es sencillamente desopilante. Y da cuenta, que la literatura no es una cosa seria, que cuyo objetivo final es entretener y en este caso, divertir hasta la carcajada, como ya dije. Todo esto escrito con una soltura que puede llevarnos a pensar que a Mariano no le cuesta demasiado resbalar renglones abajo.
Germán Parmetler cierra esta breve antología con “Los paraísos”, un extenso cuento corto. Planteo el oxímoron o la paradoja porque su lectura nos hace olvidar cualquier extensión.
Podría decirse que el cuento es una historia de amor y lo es. Francis Ford Coppola filmó –alguna vez- una película que fue traducida como “Una de llorar” y de manera oblicua, “Los paraísos” me la recordó.
Bien, en apariencia, esta historia de amor es “de llorar” aunque su valor resida en otra virtud. Aquí entran en escena los tormentos, fascinaciones, encuentros y desencuentros, de una joven parejita que busca amarse o que creen que se aman.
Escrita en primera persona, es el protagonista masculino el que discurre y bracea en el confuso océano que le presenta Valeria, su novia.
El que diga que no tuvo, alguna vez, una novia como Valeria, miente.
Si encaráramos el análisis del carácter de esta mujercita desde una perspectiva freudiana, podríamos afirmar que reúne todas las condiciones para abrir el primer capítulo del Manual de la Histeria. Pero, estamos hablando de otra cosa, estamos hablando de un ejemplar cuento de Germán Parmetler y en verdad, me sorprendió por la madurez y calidad de los recursos que utilizó para elaborar una historia tan difícil como sutil.
Uno suele admirar a aquellas personas que hacen determinadas cosas mejor que uno. A mí, por lo menos, me pasa eso. Por esto, debo admitir que el manejo de los diálogos de Germán es envidiable.
Leemos  largas charlas naturales, por momentos indolentes, casuales, despojadas de todo artificio y por ende, dueñas de un realismo impactante.
La historia es creíble hasta los tuétanos, escrita con una elegancia que, por natural, puede pasar desapercibida y la distancia respecto del tema que adopta el autor, lo libera de rebuscamientos y fatales lugares comunes.
¿Recuerdan que dije, al principio, que nos encontrábamos en una noche feliz?
Y esta sensación de bienestar viene de haber hallado una antología homogénea, brillante y escrita por tres autores jóvenes que se avecinan como una tormenta de buena literatura.
Mi comentario sobre Cuatro perras noches no estaría completo si no mencionara la contribución plástica de Luciano Acosta que, lejos de glosar los relatos, enriquece la cuidada edición de Editorial Cuna.

Muchas gracias.
Marzo 2008

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Cuna Novena Edición

 

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