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NOTAS WEB
Qué dijo Bob a Charlotte.
Por Alfredo Germignani
No acabó de subirse al taxi que su rostro entumeció, agitado como estaba, aunque no se le notara del todo, la conmoción interna, la oscura y siempre bulliciosa convulsión que precede a la despedida. Así estaba, ni cuenta se dio que el coche ya andaba, que volvía; quería irse y ahora que se está yendo su única preocupación es haberlo deseado con tanto ahínco, eso le hace parecer que el tiempo pasó

más rápido y se pone un poco triste; sus ojos la exponen, a la tristeza, que es, en la soledad y el silencio profundos, la única salida al mundo que le conocemos.

Nada más hay por hacer, eso parece al menos, y de hecho estoy seguro que lo pensó, cuando, después de bajar la ventanilla, clavó su mirada entre la gente, fue un momento nada más, qué digo, un instante, que fue el tiempo que necesitó para distinguirla. “Deténgase, deténgase -le dijo al chofer-. Aguarde un momento”, y se bajó.

Ella caminaba, de espalda al mundo, que era él; pero al mundo no se le vuelve la espalda con tanta ligereza, porque, yéndote tú, te alcanza y te toca y otra vez hacia él te vuelve, fíjense si no, cómo Charlotte ha quedado ante este impensado regreso, le tiembla el cuerpo todo, que está nuevamente frente al suyo, el de Bob, que la mira profusamente, aunque no le hace falta, de memoria lo conoce; hay rostros que no puedes olvidar y el de esta bellísima muchacha neoyorquina es uno, si no, ahora, el único; será por eso que hacía sí la trae y la abraza, es lo que se hace cuando se ha aprendido a querer a alguien, bien podría ella amoldarse a la forma de su pecho, o viceversa, por qué no, a su flaqueza, a su soledad, a su miseria, que a ésa no la conocemos, y, también, a su esperanza. O felicidad, que es, quizá, la explosión contenida que vendrá, la sangre que arriba querrá estallar, después, porque ahora, si ponemos atención, su mano izquierda sube hasta su nuca y acaricia sus rubios cabellos; siente ella este afecto; lo sé porque su cara descansa sobre su hombro, serena e impasible, empero, vulnerable; sus pupilas parecen dilatarse, espera su sollozo un parpadeo, que viene, sí, parpadea, llora, abre y cierra los ojos y llora; asiente y dice que está bien.

Es que Bob le ha dicho algo al oído, no sabemos qué, nunca lo sabremos; podemos, sin embargo, suponer que lo que ha dicho, impulsado como se ha visto por las misteriosas convicciones del corazón, infalibles en la influencia de decisiones trascendentales, podría cambiar la manera de ver las cosas, y reconozco que cosa es una palabra que designa y aun contiene a muchas otras, valga la redundancia, cosas, si supiéramos, claro, cómo estos personajes seguirán adelante con sus vidas, quiénes son a partir de ahora y quiénes después, repito: nunca lo sabremos; qué fue lo que dijo o confesó, así, tan cerca de su oído, demasiado cerca, susurrándole; fueron sólo unas pocas palabras, segundos ocupó en decirlas, qué daría yo por saberlo, qué darías tú, la incertidumbre raja la inmovilidad, otra vez, vuelvo hacia atrás la cinta, una, dos, tres, cuatro veces, he perdido la cuenta ya, no hay caso, la misma escena, el mismo murmullo; puede entenderse, como mucho, si es que se pone toda la atención auditiva posible, que pregunta: “¿está bien?”, y ella abre y cierra los ojos, asiente y dice que está bien.

Todo, pues, ha sido dicho; y nunca hubiéramos imaginado que todo fuera tan poco. Inútil sería llevar a cabo la labor de dilucidar qué dijo Bob a Charlotte, no porque no se pueda, si es que en el intento no enloquecemos; sucede, más bien, que en la intimidad mora la seducción, o en el secreto para el que así lo prefiera; la minúscula felicidad puesta en evidencia por la luminosidad que de sus rostros sale alienta a la introspección de estos personajes, por antonomasia impenetrable y justamente por eso demasiado real; el interminable beso que ahora le da, no era para menos, si es esta, si se quiere, una segunda despedida, momento clave e inolvidable para la vida de ambos, y yo, qué descaro, qué egoísmo, queriendo saber qué le dijo Bob a Charlotte; construyo posibles frases en la mente que nadie conocerá, procuro convencerme de que no es necesario revelar el tal misterio, que de nada sirve, de nada sirve, digo, mientras él le dice adiós, sin más, y ella adiós dice, por última vez mirándolo irse; camina Bob hacia atrás como si no quisiera irse, aunque sonríe, ella también, conmovida, esboza una devastadora media sonrisa que arrolla sigilosamente el trajinar de la gran ciudad japonesa; quizá no sea para tanto, excúsenme, mas, qué final es éste, irremediable partida se avecina una nueva esperanza.

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Cuna Novena Edición

 

Si algo le faltaba a Milo Lockett para darse por consagrado, era ser tapa de revista Cuna. Pues bien, lo consiguió. En este noveno número de Cuna, que estará este jueves en todos los kioscos de la ciudad, Milo se lleva las mejores páginas. Luciano Acosta, Pablo Black y Mariano Quirós, fueron hasta su casa y tomaron nota de todo lo que Lockett es capaz de decir. Muchísimo. Desde arte a política cultural, desde trabajo hasta vagancia, desde academia hasta la calle, y mucho más. Imperdible.

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