El 24 de marzo, el 2 de abril y la escuela
Por María Azucena Villoldo
A los estudiantes de 5° –que son más grandes, y ya leyeron otros libros- en vísperas del 24 de marzo, les leo la Carta Abierta que Rodolfo Walsh envió a la Junta Militar en 1977. Está ajada la Carta. Varios colegas venimos leyéndola en las aulas, desde que llegó a nuestras manos, antes de que se escribieran novelas, cuentos, poemas, canciones, informes y todo lo que el estudiantado argentino merece que la escuela le acerque.
Hablo de escuelas que de verdad quieran a sus alumnos. Por tanto, los acepten lúcidos, críticos, curiosos, y honren el derecho a aprender, llevándoles temas y escritos que -sin escuela mediante- tardarían mucho en conocer, o no conocerían en profundidad.
El 24 de marzo, el 2 de abril y los años de la última dictadura no ocupan más que unas líneas en los manuales escolares para jóvenes. ¿Se preguntaron por qué, los estudiantes? ¿Qué tendríamos por responderles?
Mejor abro un buen libro y les pido que escuchen palabras bien escritas, a ver qué les parecen. Y diarios actuales, donde cada día podemos reconocer consecuencias de aquel autoritarismo institucionalizado a golpes, en 1976. No es cuestión ahora, de mandar a que los alumnos relacionen hechos, sino de facilitar que aprendan a mirar la escritura y el mundo más a fondo, para que puedan relacionarlos. De paso, conseguimos tomar conciencia de la historicidad de nuestra vida colectiva.
Marzo, abril, junio u octubre. No importa cuándo. Los diarios actuales, los de aquella época y cientos de producciones artísticas, alcanzan para retomar secuencias históricas de los años 70. Y para desmenuzar los silencios.
Las palabras de los buenos libros tienen eso: dimensiones que nos dejan crecer por dentro. Voces que convocan otras voces; alertan la dignidad; dejan hablar. Leerlas en las aulas, con los estudiantes, y leerlas para dialogar (no, para tomar evaluaciones), produce experiencias disparadoras de emoción y memoria. También produce aprendizajes memorables e ideas acerca de lo que podemos hacer si queremos reparar los desgarros de nuestra cultura.
Los sapos de la memoria, de Graciela Bialet, El año de la vaca, de Márgara Averbach, Seol, de Lamborghini, Sábanas, de Gelman, por citar algo de lo mucho que existe. En suma, toda gran literatura activa la estatura intelectual que es capaz de tener un estudiante para leer a fondo. Nuestros jóvenes merecen alcanzarla y acceder a innumerable información faltante.
Ahí están El golpe, de Graciela Montes, Crónicas de represores y reprimidos, y los relatos testimoniales Desde más adentro, de Eric Tissembaum. Ahí están nuevos libros de historia como El Golpe a los libros de Judith Gociol y Hernán Invernizzi y Los libros son tuyos, del último autor. Tienen documentación de los atropellos más increíbles de aquella dictadura todavía desconocida a fondo por la mitad de los argentinos.
Los estudiantes jóvenes merecen todo eso, porque como Camilo -el protagonista de Los Sapos de la memoria- no podrán completar su identidad , con tantos silencios.
Lectura dialogada
Las palabras bien escritas no son como las fechas y nombres seleccionados por los manuales, que de tan amontonados en una frase, parecen toda la historia y la única verdad. Las palabras bien escritas no aburren con su monólogo absoluto, ni simplifican incomprensiblemente los hechos que seleccionan, ni omiten los grandes fracasos, ni nos someten a cuestionarios de control. Las palabras bien escritas ( y bien leídas) transportan instantáneamente a otros tiempos y lugares. Allí nos dejan libres para pensar.
Entonces leo. Después escucho qué les parece, y lo que piensan, lo que saben, lo que interpretan, lo que necesitan para comprender. A los adolescentes actuales les falta información histórica y de mundo para representarse la época.
“Centro de Estudiantes” en 2007 es un concepto asociado a una comisión que organiza campeonatos escolares, elección de Reinas y venta de fotocopias, antes que un concepto asociado a luchas y gobiernos estudiantiles de los 70. Igual ocurre con otra serie de datos que los adultos podemos facilitar para que fluya la lectura. Son muy jóvenes, y demasiados, no escucharon hablar del tema suficientemente; ni en la escuela, ni en sus casas. Cientos de personas grandes –generación del silencio- han formado juicios sin demasiada información ni debates, y es todo lo que han transmitido a los chicos.
Los adolescentes, sin embargo, quieren saber y la lectura en conjunto los vuelven ávidos de conocimientos. La lectura entredialogada convoca lo que cada cual intuye, pregunta, asocia, infiere, resignifica. Motiva otras averiguaciones en la casa y en bibliotecas, sin que se los mande. Genera deseos y esfuerzo espontáneo en busca de otros libros. Es así que el informe de la CONAPED e informes locales sobre los estragos de la dictadura, llegan a clase, traídos por ellos.
Y ahí andan. Averiguando solitos, sin consignas previas. Asumiendo con valentía, las conmociones. Especialmente cuando alguno encuentra, con enorme sorpresa, nombres conocidos. Entre los torturados, y en la lista de torturadores.
Nuestra ética e idoneidad –siempre en juego- ahora requiere máxima agudeza. Porque la información abre conflictos y preguntas en otros ámbitos. Entonces lo mejor es alentar el diálogo, la escucha de todas las respuestas, de todas las versiones, para que puedan medir con argumentos, el sustento de cada una, y recién construyan sus propios juicios, sin ligereza.
Las voces de los chicos
-Dice mi papá que no era tan así, en esa época. Él es policía y dice que... –Mi tío estuvo preso, pero yo no sabía por qué, entonces el domingo me contó que... –Mi viejo era gendarme en La Plata –dice un muchacho de la escuela nocturna- y un día nos vinimos así nomás, de un día para el otro, al Chaco. Para mí que tenía que ver con esto. - A mi, mi papá, que se leyó el libro en una tarde, me preguntó “¿ quién te tira esta otra campanita?" Dice que él creía otra cosa, porque en esos años fue marino y la versión era otra..
En la escuela “Héroes del Atlántico Sur”,de Resistencia, desde 1996 a 2004 se persiguieron los programas de actos conmemorativos del 2 de abril, hasta hacerlos desaparecer. Su directora de entonces trabajaba para el olvido de todo acontecimiento histórico o estudiantil que no nos hubiera hecho subir al podio. Pero la libertad de cátedra pudo hacer lo suyo.
Por entonces, una jovencita opina que Nadie Vuelve -el poema de Meloni- dice una gran verdad. Como si empezara a comprender a su padre, la chica nos cuenta que él combatió en Malvinas y volvió, pero volvió muy raro y ahí nomás abandonó la casa y a ella, que era muy chiquita ––Nunca se interesó en buscarme -agrega con resentimiento. Yo sé que vive en la provincia de Buenos Aires. Le pregunto si no lo buscaría ella, a través de una carta. Las iniciativas no tendrían que venir solamente de los padres. Ni los padres sabemos hacer todo lo que quisiéramos. Entonces se le ocurre que podría hacerlo, pero qué carta escribirle.
Algunos de sus compañeros encadenan comentarios a esa angustia. Esbozan historias de padres y madres ausentes. Un buen motivo para que todo el curso ensaye cartas a sus padres. No importa si están lejos, si ya no viven o están con nosotros; si los hemos conocido o no; si dudamos de que lo sean, o conocemos la historia de una adopción. Me incluyo en la actividad. Al escribirles, estaremos diciéndonos, también, algo que hasta ahora no tuvo todas las palabras posibles.
Tras orientaciones formales mínimas, escribimos cartas en silencio, sin compartirlas. La carta familiar es un género íntimo. Sólo quien quiera, la leerá o dará a leer otro día.
Las cartas por leer, anegan los ojos. Ninguna comienza con fórmulas superficiales ni tiene palabras desgastadas, ésas que se repiten los días del padre y de la madre como si no fuera posible decir otras. Algunas cartas llegan a ser enviadas o entregadas, de verdad. Con ello, la experiencia en la escuela abre caminos íntimos en sus historias personales. Y comprensión, para los Hijos que buscan otras justicias.
Cartas escritas con el cuerpo. Hijos que buscan padres y orígenes. Adolescentes que interpelan con voces propias, a los adultos. Experiencias que dejan palpar las tramas de la historia y la cultura. Todavía es necesario animarse, para des-silenciar el amor, los enojos, las dudas, los dolores y ciertas verdades.
No nos hemos alejado del tema, ni de los objetivos que declara la escuela. Estuvimos tejiendo encuentros con otras voces, hasta entonar las propias. Hacen falta muchas más, para que en vez de remendar o dejar crecer los desgarros socioculturales, podamos retejerlos con buenos hilos.
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