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Acerca de Colgado de los tobillos

El gótico Van Bredam

A Orlando Van Bredam, bien o mal, lo conocemos casi todos; pero igual, por las dudas, voy a ofrecer algunas puntas acerca de este hombre: nació en Entre Ríos, en Villa San Marcial, en el año 1952; en la década del ’70 se vino a vivir aquí cerquita, a El Colorado Formosa, y ya no se fue. En Formosa y en El Colorado se consolidó como docente y como poeta y escritor. Y no cualquier docente, sino un docente apasionado, con una vocación inclaudicable. Hablar un rato con Van Bredam, un ratito nomás, alcanza para comprobar lo que les digo: Van Bredam siempre da cátedra. Y también, por supuesto, da cátedra como escritor, porque escribiendo es simplemente un monstruo. Colgado de los tobillos es su primera novela y en cierto modo es otra de sus clases magistrales de literatura; así se escribe una historia quiero decir, con la convicción de un amigo que nos cuenta una película romántica o una de tiros, sin contemplación pero con buen gusto. Reclamo, de paso, la adaptación cinematográfica de esta novela, una peli del gauchito Gil: todos conocemos al gauchito Gil, uno más de los tantos santos paganos que nos acompañan y que veneramos con la devoción más sincera.

Incluso antes de conocer personalmente a Orlando Van Bredam, había escuchado yo hablar de esta novela, de Colgado de los tobillos. Fue en el taller literario que dictaba años atrás Tete Romero, el ministro, y fue el mismísimo Tete quien me lo recomendó. Pero yo por entonces era muy chico y suponía (mal, por supuesto), que la buena literatura necesitaba urbanidad, que para ser buena una historia tenía que incluir buenas dosis y sobredosis de borracheras y de hombres perdedores acostumbrados a que los echen cada noche de un bar de mala muerte. Por eso desestimé en su momento la recomendación y tardé un par de años en toparme con esta novela. Pero uno crece —lo que no siempre es bueno— y, sobre todo, uno lee —lo que quiero creer que sí es bueno; al menos eso es lo que dicen tantas campañas pro-lectura—. Quiero decir que de un modo u otro, aprendí que una borrachera, por muy épica que sea, no siempre hace patria. Es fácil emborracharse: basta con tomar una copa más de lo que el cuerpo aguanta. No es lo más heroico del mundo. Menos aún si lo comparamos con las aventuras y desventuras de un soldado, de un bandolero, de un santo pagano, de un hombre. Y si las aventuras y desventuras de ese hombre atraviesan a su vez las aventuras y desventuras de un país, estamos entonces ante una historia hecha y derecha, una historia ineludible e imprescindible.

 

El Gaucho Gil, coincidirán conmigo —y si no ahí está la puerta—, es de los santos que nos agradan, principalmente por su condición de pagano, que son los santos más genuinos que puede haber. Porque los santos paganos son, por lo general, los santos surgidos desde el pueblo. (Y cuando digo pueblo, también coincidirán conmigo, no hablo de nosotros, que somos una clase media bastante sosa y cínica). No son, los santos paganos, esos santos burocráticos impuestos desde una oficina y que necesitan de un lobby gigantesco para que les abran las piernas, perdón, las puertas del Vaticano. El Gauchito Gil —como más aquí en el tiempo Isidro Velásquez—, se hace leyenda precisamente por su condición de paria, de marginal y desterrado. El gaucho Gil, un ejemplo de bandido rural; en Colgado de los tobillos Van Bredam lo humaniza para nosotros y a la vez lo mitifica tanto como su figura lo merece.

Por otra parte, o en otro orden de cosas, o tal vez no tanto, estoy seguro de que a todos aquí nos gusta la literatura norteamericana. Y sobre todo aquel subgénero hermoso dentro de la literatura norteamericana —hermoso y terrible—, que es el gótico sureño. Saben de lo que hablo: esas novelas donde confluyen el paisaje cruel y salvaje del sur norteamericano, con hombres y mujeres grotescos, a veces en estado brutal y otras veces presos de una religiosidad que oprime, una religiosidad, o un misticismo si prefieren, retorcidos. Un mundo casi apocalíptico. Les paso algunos nombres: William Faulkner, Truman Capote, Carson McCullers. Muy bien, si se me permite, Van Bredam viene a inaugurar con Colgado de los tobillos el gótico litoraleño, o si prefieren: el gótico norteño. El litoral argentino seguía inmerso en la guerra de la triple alianza, tropas de soldados desarrapados y harapientos, hartos ya de la guerra, venían a saciar los años de hambruna y pesar, y en ese andar arrasaban con lo poco que encontraban en su camino: campos, casas, hacienda y mujeres (sobre todo mujeres). Y ahí estaba metido el gaucho Gil, que observaba aquel mundo, el mundo de posguerra, entre avergonzado y abatido. Precisamente, detenerse a observar aquel mundo, aquella vida, nada más que ese acto, hacía del gauchito Gil otra clase de hombre. Casi un santo.

Uno de los más grosos escritores del gótico sureño, Cormac Mcarthy, narra en Meridiano de sangre (otro novelón salvaje y cruel) las andanzas de una compañía del ejército yanqui tras la guerra de secesión, en la frontera con México. Los tipos van matando indios y mexicanos —a eso se dedican, de eso viven, para eso los ha contratado el gobierno de los Estados Unidos— y los matan, a los indios y mexicanos, con placer y sadismo: cortan orejas, cueros cabelludos, genitales, y el río de sangre que derraman va configurando lo que será la nación más peligrosa y asesina de la actualidad y, quién sabe, son tan capos y excesivos los yanquis que tal vez sean los más asesinos de la historia. Literatura pura y dura en definitiva. Los soldados que observa el gaucho Gil en Colgado de los tobillos, también son capaces de esas crueldades. También esos soldados —parias y marginales como el gauchito Gil— aportarán a la construcción de una nación. Tomarse un minuto para ver cuán horrible puede llegar a ser una persona, cuán horrible puede llegar a ser uno mismo, si el paisaje y la vida se lo permiten, tomarse ese minutito, es lo que, decía, hace del gaucho Gil una persona diferente. Un hombre. Casi un santo.

Colgado de los tobillos, dado vuelta, es como ve el mundo el gauchito; la novela de Van Bredam se pasea por todo aquello que atraviesa el pensamiento del gaucho Gil mientras está así, colgado patas para arriba, esperando a que un verdugo infame como cualquiera de nosotros se decida al degüello final. Lo que hay en el medio, entre el filo del cuchillo y la garganta del gauchito, es una novela hermosa.

Sé de buena fuente —él mismo—, que cada vez que termina una novela Van Bredam le prende velas al gauchito para que esa novela encuentre un buen destino. La literatura debería también prenderle velas a Van Bredam, porque en escritores como él, en la narrativa de escritores como Van Bredam, está el buen destino de la literatura.

Por último, para cerrar y dejarlos en paz, voy a contar algo que siempre me gusta contar acerca de Van Bredam y su literatura. O de cómo yo aprecio a Van Bredam y a su literatura: cuando escuché cantar a Andrés Calamaro, hace ya unos cuantos años, aquello de “siempre seguí la misma dirección / la difícil, la que usa el salmón”, me dije a mí mismo claro que sí, a eso hay que aspirar. Por entonces era otra cosa lo que Calamaro aspiraba, pero en mi ingenuidad prioricé la idea de avanzar contra la corriente. Más tarde conocería a Van Bredam y conocería también su literatura y no me costaría nada incluir a ambos, a Van Bredam y a su literatura, en un eventual listado de salmones, tipos que por h o por b, avanzan contra corriente. Todos escuchamos alguna vez a Orlando Van Bredam: su erudición literaria inquieta; la delectación con que pronuncia nombres de autores y de obras amados es conmovedora e intransferible. Van Bredam eleva la mirada al cielo, en un rictus que nuestro amigo Miguel Molfino ha calificado de borgeano, y dice por ejemplo “¡ah!, Niebla, Miguel de Unamuno, qué hermosura”. Escuchar declaración semejante en un tiempo que suelen hacernos creer que es un tiempo de mierda, es admirable. Y sirve además, como declaración de principios, como confirmación de que el mejor camino será siempre el del salmón Van Bredam.

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